
Hay algo bastante atrayente y particular en la escena independiente española: pueden llegar a pasar por evidentes momentos de crisis en su país (como hoy en día), pero no dejan de producir arte de calidad. Su reputación está a la altura de la música que realizan, y nos regalan cosas imponentes en diferentes latitudes sonoras.
Los nombres son muchos, algunos más grandes que otros (en alcance masivo) y lamentablemente pocos han pisado nuestras tierras (sobre todo en ese festival que cada vez tiene menos de vivo y ya casi nada de latino). No nos queda más que entrar por los recovecos sonoros que se abren en la web para poder escuchar a estas bandas, hechas de méritos y no de hype.
Justamente eso me sucedió con una canción que hallé y decidí escuchar por su título: “1 de cada 2 noches en tv se oye decir te amo”. No quedé defraudado luego de esos tres intensos minutos de surfear la melancolía. El nombre de la banda: Cómo Vivir En El Campo (CVEEC)
La sugerente frase que identifica este proyecto personal de Pedro Arranz parece ser una instrucción, o quizá una guía para adentrarse a salir y descubrir una sorpresa, aún si es mínima, en lo cotidiano. Es el poderío de la carretera, de cierto desenfreno y de oír una guitarra, tal y como en el video de “Amor y pedagogía” (quizá sea una referencia a Miguel de Unamuno), canción incluida en su disco CVEEC (Discos Calabaza, 2012).
Admito que desconocía de Pedro Arranz y su carrera que, por lo que he investigado, lo coloca como una de las figuras de interés del underground madrileño. El trabajo que ha invertido en este proyecto le ha llevado a la realización de 3 discos autoeditados (que no he tenido la oportunidad de saborear) y este nuevo material, de la mano de un sello incipiente pero muy bien organizado (no olviden checar a sus hermanos de sello, Sector de Agitadas).
¿Que tenemos por aquí? Para empezar se puede detectar la influencia de esas bandas venidas de lejos y que tienen más respeto que fama a la hora de hacer canciones (hablo de gente como Yo La Tengo, Red House Painters o Pavement). Obviamente, en manos de la guitarra ligeramente surfera de Arranz, estos ritmos toman un camino propio y nos cuentan una historia nueva bajo unas letras que son como una buena narración: no entenderás todo la primera vez, pero quedarás tan fascinado que necesitarás escucharla una y otra vez más.
Es una colección de momentos agridulces y ambiguos. “Por todas partes” y la mencionada “Amor y pedagogía” pueden exudar chabacanería pero también cierto sentimiento gris, que se recrudece en “Ella dice que somos como árboles”.
Hay también un tono burlón en la acompasada baladita “No tenían aspirinas así que traje cigarrillos” y en la guitarra acústica de “Moderna”, retrato de las chicas de hoy y sus estrafalarias costumbres. Increíble esa resonancia de los últimos años de la década de 1980 en “Escándalo en la playa” y que encuentra su cola en “Escándalo en la montaña” de batería kraut y acordes limpios y azules.
En resumen: aún el rock en apariencia simple esconde secretos que son revelados cuando se invierte paciencia y se presta suficiente oído. Todo un ejemplo en calidad, en sonoridad e incluso en distribución: Esta disponible en Bandcamp en el modo name your price, en donde pueden escucharlo completo o a través de Discos Calabaza, donde pueden adquirir un precioso vinil a un precio razonable (yo ya estoy juntando mis domingos para uno). Si me consigo algo de lo anteriormente hecho por CVEEC, se los haré saber. Por lo mientras, adéntrense a salir.

Recientemente leí un artículo en cierto blog, que calificaba al DJ en turno, Skrillex, como “terrorista sonoro”. No pude más que contener una carcajada esbozando una sonrisa. ¿Tan malbaratada está incluso la provocación en el ámbito musical? Entiendo que todo tiene su justa medida, pero es curioso que en este fenómeno exista un equivalente de aquel movimiento conocido como new metal: maquillaje, pose, clichés sonoros fáciles de digerir, eso nos vendieron en algún momento varios músicos con la bandera de la “agresividad”. Skrillex busca eso también, la impresión fácil a partir de una estética y de una colección de tics sonoros que son pomposos pero huecos, listos para hacer rebotar las bocinas, aunque demasiado complacientementes como para considerarlo un “terrorista sonoro”.
Podría seguir atacando al joven con la cabeza a medio rapar, pero el punto al que quería llegar es que entre los artistas que insertan la incomodidad y la disidencia en la escena electrónica, se encuentra el venezolano Miguel de Pedro, conocido como Kid606, quien se dedica a remar a contracorriente y malencara a todos desde que, en 1998 a los 16 años, lanzó Don’t Sweat the Technics (Vinyl Communications), donde señalaba a todas las escenas en boga, las parodiaba y nos invitaba a hacer lo mismo con nuestros dedos.
Sin duda es un geniecillo, pero si la escena en que se desarrolló era una fiesta, De Pedro decidió ser el que siempre se vomitaba en los sillones. Odiado y amado, siempre da de que hablar: celebra la era post-rave, la locura del lenguaje binario, el breakbeat, el drum and bass, el gabber, severas dosis de ruido y casi todo lo que le pase por delante con la soltura del cínico que sube todos los niveles al tope. Incluso teniendo entre su discografía otras excelentes piezas de aires más relajados, minimalistas y ambientales, no escatima en recursos mordaces para bajarle la intelectualidad a la vanguardia. (Discos con títulos como Pretty Girls Make Raves o Songs about Fucking Steve Albini y canciones burlonas como “It’ll Take Millions in Plastic Surgery to Make me Black” o “Luke Vibert Can Kiss my Indie-Punk Whiteboy Ass”.)
Y como dijimos, el señor también tiene sus ratos (aparentemente) serios. Sin que tenga —completamente— una doble personalidad, esta faceta nos permite ver otros de los intereses musicales, teniendo al ambient y al glitch como plataformas sonoras. Dentro de esta zona, discos como Ps I Love You y Resilience son joyas de orfebrería sonora compleja pero finalmente bella.
Su nueva producción Lost in the Game es el producto de lo que sus palabras fue “un año muy malo”. He ahí el ambient, por momentos tranquilo pero por otros generando neblina y tensión. Hay un mood oscuro y lento que va penetrando a lo largo de cada pieza.
La superposición de melodías simples y de capas de ruido remiten al trabajo que ha labrado con el tiempo. Hay acidez en cada uno de los sintetizadores análogos que emplea y en el telón de ecos y reverberaciones que receta a discreción.
Mamando de otros ritmos para insertarlos en su delirio, en esta ocasión los tracks tienen mucho de las maneras del hip-hop en cuanto a ritmos, programación y disposición de los sintetizadores. Esto funciona adecuadamente para el tono sugerente de la producción en general. “Big Black Ketamine Jesus” es un ejemplo de ello: la superposición del ritmo hip-hop con las teclas discretas para ajustarnos los tornillos. “Left Hand Pathfinder” es como si Cypress Hill se dejase escuchar a lo lejos en medio de la nieve. Entre las razones para escuchar este disco una y otra vez están “I Want to Join a Cult” y “I Need to Start a Cult”, piezas hermanas que demuestran la evolución del estilo y la ansiedad por capturar al escucha y dejarlo atrapado en medio de melancolía y opresión.
No creo que se necesiten más argumentos a favor de este artista. Visiten la página de su sello Tigerbeat6 y conozcan a otros esperpentos sonoros.

Los canadienses son productores de un sonido que deambula entre el pop, el folk y el rock, y que técnicamente cuenta ya con una denominación de origen. Más allá de Arcade Fire y de las vacas sagradas de Arts and Crafts Records (Feist y Broken Social Scene), hay una lista de nombres que no pueden pasar desapercibidos para los entendidos, y que quizá no cuenten con las medallas que la crítica les podría colgar, pero son bandas cuyas canciones pudieron haber estado en un cassette grabado en mis días de secundaria. Entre estas puedo mencionar a Born Ruffians, Braids, Destroyer, Wolf Parade y Stars, estos últimos lanzaron recientemente The North (Soft Revolution Records).
Sí, sé que eso de las cintas no es bastante glamuroso, que forma parte de esa educación sentimental que vamos desarrollando en fiestas, en reuniones, escuchando discos, regalándolos o perdiéndolos, haciendo el viejo y tonto ritual del cortejo. Luego queremos negarlo todo, tirarlo por la borda, pensar que nunca fuimos así, decir que somos sensibles, pero no cursis. La música es el imperio de la melancolía y de la sensiblería (uno podría escuchar cosas tremendamente abstractas como Autechre y teñirlas de cierta carga sentimental) pero hoy en día estamos tristes por dentro y aburridos por fuera, mientras bajamos por el scroll infinito de las actualizaciones sociales.
Stars es lo mismo calidez que tristeza. Es una calle de doble sentido que corre sobre los acordes de un sinte setentero, en “The Theory of Relativity” (Now that you’ve grown so wise / Use that head and stop to think a little / Just cause you’re crazy doesn’t mean that you’re free). ¿Así se comienza un disco? ¿Bailando para recuperar aquello que fuimos? Quizá desinhibiéndonos de la propia pose de “madurez”. ”Hold on when you get love, / And let go when you give it” sigue la línea y quiere mostrar una sentencia paradójica, de esas que encantan para explicar las cosas más indefinibles. Las cuerdas , los coros y el estribillo que se repiten la convierten en un mantra reconfortante, aún ante la posibilidad de que todo termine.
El disco es el diario de un viaje interno, no hacia el pasado, porque lo que ellos dicen con cada alusión al ayer está claro: el pasado nunca se va a reparar, no puedes reunir los pocos fragmentos para tener la imagen completa. “The North”, tema capital del disco, detalla esa travesía muriendo a lo lejos y esperando por lo menos un lugar caliente al final de la nieve (Good luck bad luck survivor / Sleep is my friend and my rival).
¿Qué edad tendrán Torquil Campbell, Amy Millan y el resto de la banda? Supongo que rondan los 40 e incluso tienen hijos, pagan sus impuestos y andan en crocs los domingos. Y yo, les creo con toda firmeza cuando dicen que una canción es un arma, un arma para dispararle lo mismo a un viejo amor que a un dictador, una disidencia musical que adquiere un adepto en cada escucha.
En la era del mp3, poco romanticismo hay en el posteo de una canción en un muro de Facebok. Es una protección masturbatoria contra lo que esa música puede sembrar en tu cabeza. Personalmente quiero creer que las canciones aún pueden provocar cosas en el mundo y en las personas.
Con Stars me queda claro que no hay redención absoluta en aceptar quienes fuimos, no hay una victoria total en ser cursi. Vas a ser lastimado, habrá decepción, pero en el sentimiento, en encarar el dolor existe el movimiento; y el movimiento nos tiene que llevar a algún lado.
Prometo grabarles un cassette con estas canciones.
–En este link puedes escuchar el album completo vía Soundcloud